
Era un sábado.
El protagonista de esta historia se aburría en casa.
Se le ocurrió montar una fiesta e invitar a todos sus amigos.
Les dijo que vinieran a las 22 horas.
A las diez en punto llegaron las dos primeras invitadas. Dos chicas, Ana y Laura, eran amigas de un amigo suyo.
Les dio la bienvenida, les ofreció una copa y se fueron al salón.
Unos minutos después, llegaron dos chicos, Pedro y Juan, compañeros de trabajo de una amiga.
El anfitrión les presenté a Ana y a Laura y se pusieron a charlar.
Empezaron a llegar más y más invitados. De dos en dos.
Dos bomberos, dos pintores, dos astronautas, dos extraterrestres, dos números, dos sabores, dos contradicciones, dos risas, dos abrazos, dos providencias, dos pecados, dos heridas, dos hipótesis, dos sumas, dos divisiones y otros tan extraños.
De entre todas esas parejas, hubo una que llamaba mucho la atención.
Era dos hombres, con traje negro y sombrero de copa, los dos llevaban un violín.
El anfitrión se acercó a ellos:
-Hola. ¿Quiénes son ustedes?
Ellos lo miraron sonriendo y uno de ellos dijo:
- Bueno, verá, es una historia muy larga.
- Sí, una historia muy larga – dijo el otro.
- Una historia tan larga que no tenemos tiempo para contarlo.
- Así que mejor vamos a tocar el violín – dijo el otro.
- Sí, vamos a tocar el violín.
Se dirigieron al centro de la sala y empezaron a tocar al violín.
Hicieron un ruido horrible, desafinado y estridente.
Una tortura.
Tanto que los invitados se taparon los oídos, se quejaron, se enfadaron y se marcharon.
El anfitrión se quedó solo en la sala mirando a la extraña pareja.
Les gritó que habían arruinado su fiesta espantando a sus invitados.
-Los sentimos, señor, no podemos parar de tocar el violín por amor al caos.
-¿Qué quieren decir? ¿Quiénes son en realidad?
-Somos agentes del caos. Somos esos dos.
-¿Esos dos? ¿Qué significa eso?
-Esos dos es una forma de ser y de estar. Esos dos.
-¿Otra vez, “esos dos”? ¿No se cansan de repetirlo?
-No, no nos cansamos. Nos encanta repetirlo. Es nuestra identidad, nuestra personalidad.
Mientras hablaban volvieron a coger sus violines y a hacer ese ruido insoportable.
El anfitrión no pudo más, salió de la sala, salió de la casa, salió de la ciudad, salió del país y salió de la vida.
Todos los invitados recordaron a esos dos como “Hubo Doss que la fastidiaron”.
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