
Ese día, el calor venía con nosotros, como si fuera uno más.
No sentamos, mi tío, el calor y yo, en una terraza que parecía un oasis en pleno desierto.
Mientras disfrutábamos de un café con hielo, la actividad de la mesa de al lado, compuesta por cuatro adultos y un enjambre de adolescentes, nos llamó la atención.
Nadie dudaba de que estaban reunidos para celebrar un cumpleaños: en medio de la mesa había una tarta de chocolate, en el centro de la misma un número 15 en forma de velas.
De pronto, un silencio, todos se pusieron de pie, un adulto encendió las velas, empezaron a cantar “el cumpleaños feliz”, mi tío, el calor y yo también.
Al acabar de cantar, uno de los adolescentes que se encontraba al lado de la tarta apagó las velas de un soplo.
Todos aplaudimos. Su sonrisa nos contagió.
Otro adulto cortó la tarta en porciones generosas, de repente, nos encontramos con un trozo de tarta delante de nosotros.
Agradecimos sinceramente el gesto.
Aunque no compartíamos la misma mesa, nos sentíamos acogidos por el grupo.
Cuando nos levantamos, nos despedimos como si formáramos parte del grupo desde siempre.
“La tarta es deliciosa, el mousse de chocolate la hace muy ligera. Muchas gracias”.
Es difícil compartir emociones con una camiseta que “se lleva”, no es algo que sorprende, las hay por todas partes, ya forman parte de lo habitual, es muy normal.
No es que sea complicado causar una buena impresión con una camiseta, es una cuestión de sentimientos.
Esos sentimientos no van con la camiseta, los pones tú.
Si te apuntas a mis correos semanales, igual descubres algunos sentimientos que han estado siempre escondidos.
Hoy puedes ser El Tío ese De Las Camisetas. Día que dejas pasar, día que te lo pierdes.
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