
Cuando en tu casa no tienes balcones y sí muchas ventanas estupendas con rejas por donde entra una luz maravillosa, no te queda otra que llevar la ropa a la secadora de la lavandería.
Eso es lo que hice ayer después de comer.
Antes de que la modorra me abrazara y me secuestrara.
Repartí la ropa en dos bolsas.
Una colgada del hombro y la otra en la mano.
A los pocos minutos de salir, oigo una voz seria de mujer, a través de una ventana: “¡Ponte a estudiar las tablas!”.
Esa voz, me sacó de la nada para transportarme hacia mi infancia, cuando mi madre me recordaba, con frecuencia, que me pusiera a estudiar esto o aquello.
Era una tortura. Porque estaba con mis cosas y, de pronto, tenía que dejarlo todo para ponerme a estudiar.
Un cambio radical.
Sin embargo, al revivirlo ayer, sentí la carne de gallina invadir mis brazos, los ojos se humedecieron y tuve calor en el estómago.
Tanto que me sorprendí sonriendo.
¿Sabes por qué?
Porque son sensaciones que vivo, no a menudo pero sí bastantes veces, cuando visto una camiseta que me pone.
Pero, esta vez, me sorprendió porque no me lo esperaba.
Cuando me pongo una de esas camisetas, sí espero algo especial, algo agradable y alegre.
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Y si tienes otras cosas que hacer, tú te lo pierdes.
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